miércoles, 13 de diciembre de 2017

El gato come gatos

"Ven bonito. Ven aquí" El gato de pelo lustroso daba vueltas alrededor de la mesa."Vente conmigo. ¿Te vienes a mi casa?" "Déjalo. Te va a arañar" "No lo va  a hacer" "No creo que esté así de lustroso de comer basura. Quizás coma muchachas" "Muchachas no. Es un gato comegatos" "¿Y como lo sabes?. ¿Acaso los bigotes que tiene no son los suyos sino los de otro gato que acaba de devorar?" "Los bigotes son suyos. Yo lo llamo así porque es un gato  lustroso. Un superviviente entre los suyos" "Entrañable" "Hay que sobrevivir" "No me gusta" "Es la naturaleza" "Una naturaleza humana en el mundo animal" "¿A qué te refieres?" "El hombre es un lobo para para el hombre. Quienes prosperan, quienes mandan devoran la vida y milagros de sus subordinados" "Sí, y a su vez la mayoría son devorados por otros más grandes y voraces, hasta la escala que quieras imaginar"

El gato se marcha. Con los cuartos traseros rezongantes. La cola enhiesta. Se acerca al contenedor de basuras. De un salto se pone en el borde, trajina entre las bolsas los residuos del restaurante. Y come. Desde el tejado un gato color beis manchado de tizne de pelo ralo lo observa. Se acerca al alero más cercano al basurero. Se eriza. Maulla llamando la atencion del gato lustroso. Se miran y se amenazan mostrandose los colmillos.Se acercan. "Tu gato va a comer" El gato sucio se acerca. El comegatos no recula. Cuando se acercan más lanza un zarpazo que el blanco esquiva. Contraataca. Dos  zarpazos certeros que lo hacen perder el equilibrio. Cae al suelo panza arriba. Se da la vuelta y corre. El blanco corre en pos suya. El gato lustroso lleva el ojo hinchado. Deja en su carrera algunas gotas rojas en el suelo. Va herido. El comegatos va a ser comido por un gato callejero de mucha peor planta. Saltan a toda velocidad unas escaleras. Zigzaguean.Se persiguen en una lucha a muerte. El blanco lo ha arrinconado contra la pared. Muestra los dientes. El otro aguanta y no se humilla. Le lanza un zarpazo que no le alcanza. Lo empuja y sube por las escaleras en dirección a la carretera. "Tu gato comegatos va a ser derrotado por un sucio gato callejero. Todo ese brillo. Todo ese señorío que mostraba, esa elegancia y el otro lo va a destrozar. No has elegido a un buen púgil" "Espera. Espera. Esto no ha terminado" "Está apunto" "Déjalos" "Acaba de darle otro zarpazo en los cuartos traseros. Cojea" "Tiene tiempo" "Permíteme que sea un poco incrédulo" Los gatos corren. El herido, el comegatos, da Un quiebro anclando la pata coja y corre por el lateral de la carretera. Viene un coche. El otro lo alcanza. Cruza al otro lado. El otro gato lo sigue pero no consigue atravesar la carretera. La rueda trasera del vehículo le aplasta la mitad posterior del cuerpo. El gato perseguido baja del árbol. Coge al otro del cuello, lo arrastra fuera de la carretera mientras las patas delanteras aun se mueven, y debajo del árbol comienza a devorarlo.

"¿Ves?" "Qué asco" "Pura supervivencia, para lo que pasa en la oficina eso no es nada" "Visto así"

LA MANCHA DE ACEITE

El mando a distancia del garaje volvió a fallar. Hacía frío. Buscó en el departametno lateral de la puerta la llave de contacto. La introdujo. Pasó de nuevo al coche. Un chasquido y la puerta se fue abriendo poco a poco. Volvió a arrancar y bajó la rampa de dos tramos que la aterrorizó al principio de tener la casa. Un tramo de culo y metió el coche en su plaza. Entre su plaza de garaje y la puerta de aluminio que daba acceso al ascensor había seis metros. Un golpe de mirada le mostró una mancha de aceite en el suelo a mitad del trayecto. La luz del garaje se apagó mientras ella agrupaba sus enseres, lapiz de labios, clínex, pinturas de emergencias ... Todo. Salió del coche. Sólo veía los pilotos que guiaban el paso en la oscuridad. Se acercó al pilar más cercano. En su superficie un interruptor. Pulsó y la luz de fluorescentes llenó todo el espacio. Cogió la bolsa que había dejado en el suelo para pulsar. Miró al suelo, miró la puerta que daba acceso al ascensor. La mancha de aceiteya no era redonda sino que ocupaba todo el arco que podía ser su trayectoria. Pisar una mancha de aceite con unos zapatos de tacón de aguja amarillo claro es arriesgado, por el riesgo de caída y por el riesgo de estropear quien sabe si  definitivamente los zapatos. Si rodeaba el coche por detrás , caminaba junto a la pared trasera y después por la lateral hasta el final ,accedería por el aldo contrario a la entrada. Esa era la solución.La luz se fue de nuevo. No había dado un solo paso. Se giró. El piloto naranja estaba de nuevo allí. Dejó la bolsa en el suelo. Estiró el índice. Pulsó. Escuchó el mecanismo que contaba el tiempo hasta una nueva oscuridad. y la luz se hizo. Miró al suelo. La mancha había llegado a la pared. No sólo eso, desde ella  se había extendido hacia el pilar y llegaba a rozar la bolsa que había dejado en el suelo. Bajó la mano para cogerla, pero cuando vió el contacto con la mancha abrió la palma y la dejó allí. Se incorporó. Lo que al principio fue un círculo, era ahora una especie  de ge mayúscula enorme con ella en el centro y una pequeña salida en la zona abierta. No había avanzado nada, nada desde que salió del coche. No había avanzado y además había perdido la bolsa que había quedado en contacto con el rizo de la G. El móvil. En el bolso. Lo iba a llamar. Si estaba en casa podría bajar y ayudarla. La luz se fue. Encendió la pantalla. Marcó el número secreto. La pequeña esfera de luz exageró la oscuridad del espacio alrdedor. No había cobertura. El rincón donde la mancha la había dirigido no tenía cobertura. Apagó. En un instante volvió el silencio. Poco después pudo volver a ver, desaparecido el reflejo de una luminosidad tan efímera. El piloto de la luz. Segiró y rozó la bolsa en el suelo Sintió un escalofrío. Apartó el zapato. Caminaba de puntillas. Evitaba al máximo el roce con el suelo con la sustancia viscosa. Extendió la mano de nuevo. Encendió la luz. La G se estaba cerrando aunque como cada vez que había encendido la luz, cada vez que había oido el tac tac del temporizador, la macha del suelo aparecía en silencio inmóvil. Sin luz. Otra vez sin luz. Estiró la mano. Elnuevo cierre la había alejado lo suficiente como para no llegar al interruptor. La bolsa quedaba enmedio. Supo que tenía que pensar. Organizar los arrestos que le quedaban y buscar una solución. Engullida por una mancha oleosa en el suelo.Quien sabe si reducida a otra mancha similar, a casi una sombra en un garaje a oscuras. Relax.Respiración. Su cartera. De piel. La cartera anhelada que encargó a distancia, que le proporcionó tanto placer descubrirla, la cartera que era su fetiche en los asuntos de trabajo y personales. En el suelo. Sobre el aceite, perdida, irreparablemente perdida, pisarla y saltar con los zapatos de tacón amarillos en la mano hasta el escalón que daba acceso al descansillo del ascensor. Dejó la cartera en el suelo. Sintió como si fuese en su propoa piel el aceite recorrer la piel delicada, sintió cómo el aceite empapaba los poros de la cabritilla. Se subió. No era alta, pero el contenido no era regular. Dudó, osciló. Separó los brazos a los lados buscando recuperar el equilibrio... pero caía. Cayó.Un pie. Mejor perder un pie que los dos. Los zapatos cayeron al suelo. el aceite amortiguó su rebote. Quedó de puntillas sobre una sola pierna haciendo equilibrios con las manos para no caer. No aguantaba más. Estaba agotada. Estaba perdida.
Se encendió la luz. Su novio vio su cartera, sus zapatos en el suelo y a ella de puntillas, aterrada sudando buscando mantener el equilibrio. Le  preguntó que haces. Ella le respondió que protegerse de la mancha de aceite. El le preguntó que de qué mancha de aceite hablaba. En el suelo no había nada.

lunes, 11 de diciembre de 2017

EL FARAÓN

"Hombre Manolo.Por fin te has decidido a reformar tu piso" "Sí más o  menos" "Estos pisos tienen una buena distribución pero se hace necesario reformar. Más de treinta años. Los tiempos cambian" "Sí muchos cambios. Demasiados" "No serás tú uno de esos contrarios a la innovación" No" "NO te molesto más.¿necesitas ayuda para descargar?" "Gracias. Me arreglo bien solo".

Su piso tenía una buena distribución. Bien iluminado, pero nunca entendió por qué para un piso de ciento veinte metros, el salón cuadrado tenía más de cuarenta. sólo hacía poco tiempo que lo había comprendido.
Se acercó a un almacén de materiales de construcción. Miró la lista. Arena. Cemento. Ladrillos del siete. Una plana, una caldera y dos paletas, una grande y otra pequeña. Un martillo para romper los ladrillos y así poder encajarlos en los huecos. Lo cargó todo en el coche. Lo descargó cuando llegó a casa y lo dejó en el centro de su salón. Puso unos regles y entre ellos tendió unos hilos. en el interior del cuadrado se situó él y situó todos los materiales. Llenó un barril de agua. en una caldereta hizo una primera masa de cemento. Un pegote de cemento y un ladrillo. Otros pegotes tapando la junta entre uno y otro. Se asomaba para ver si el borde exterior no sobrepasaba la línea. Las cuatro paredes de ladrillos ascendieron a su alrededor aislándolo del resto de su salón. Tan alto que tenía que subirse a un taburete para colocar la última hilera de ladrillos, la que lo fundía con el techo. Prepararó un cemento más claro, y con la plana se dedicó a enlucir el interior de los ladrillos. Un foco en la frente le permitía advertir y corregir las irregulares de la pared. No había dejado ventanas, ni puertas ni respiraderos. El aire no era un problema, el cemento siempre deja poros. La salida imposible una vez el cemento fraguara, salvo que decidiera golpear su obra, algo que no tenía pensado. Antes de cerrar había traído consigo diez de sus libros favoritos. Una radio que escuchó mientras le quedaron pilas. Un reloj, Unos gemelos . Una esclava y una cadena con una Cruz de CARavaca. y fotos. De personas y momentos queridos. Había terminado. Escuchó la radio, leyó el libro que estaba deseando empezar. Comió unas galletas y se sentó. Permaneció sentado mucho tiempo. Primero con luz y después sin ella cuando las pilas del foco se agotaron. Al principio con música de la radio, y después en silencio. Un día se cansó de descansar sentado y se acostó, con las manos enlazadas sobre su pecho. Acomodó el suelo con un hueco entre los ladrillos que sobraron, quitó los trozos de cemento que habían raspado para alquilar la casa los anteriores propietarios. Puso la esterilla y se tumbó. Durmió a ratos porque al interior del cubo cerrado no entraba la luz. Cruzó las manos sobre un pecho que cada vez se agitaba menos. Los ojos se fueron hundiendo en las cuencas. Las manos sarmientos. La ropa redundaba en los pliegues de su cuerpo reseco.

Dos meses después el portero usó su llave para meter en la casa un paquete. Llamó y no le respondió nadie. Sabía que era un hombre ordenado. Le sorprendió la suciedad. Curioseó en la casa. Llegó al salón. en el centro un habitáculo sin ventanas de ladrillo sin enlucir. Se acercó y olía mal. Llamó a la policía, quienes llamaron al juez y a los bomberos. Abrieron un boquete y sacaron su cuerpo reseco reducido a la mitad o menos de su volumen. Admiraron el perfecto acabado del interior.

EL CURA

Desde el púlpito veía las cabezas de todos los feligreses. Podría cerrar los ojos y repasarlas de memoria. Cada día las mismas personas en los mismos asientos. Ancianos jubilados en su mayoría. Algún retrasado. Le costaba encontrar la motivación para la homilía. Intentaba no repetirse por respeto al Dios cuya fe le había llevado a hacerse sacerdote. Predicar Su Palabra. Un momento le emocionaba, cuando bajaba a dar la comunión. Descendía los tres escalones despacio para no tropezar con el borde del alba fijado por una casulla que le estaba grande. Se situaba en el centro del pasillo y miraba a sus feligreses ingerir el cuerpo de Cristo. Se volvían y se arrodillaban o permanecían de pie. Siempre igual, menos esa semana.

Un feligrés nuevo siempre es una fiesta. Un muchacho algo menor de su edad. Con pelo anillado y ojos claros. Se puso en cola, casi el último, para comulgar. Llegaba con la cabeza agachada, el pelo anillado quizás disimulando una tonsura precoz. Levantó el rostro, abrió los labios, poco, mostró ligeramente la lengua y abrió un instante los ojos, azules grisáceos, sin llegar a levantar el rostro lo miró. Se fijó en su barba de tres días de pelo negro y recio. Apartó la mirada.Se dio la vuelta y volvió a su asiento donde se arrodilló. La anciana que le seguía tuvo que demandar la atención del cura para recibir su comunión. Se disculpó y la entregó. Volvió al altar y tomó su propia comunión. Limpio la bandeja y el cáliz y los guardó en el sagrario. Esperó el silencio de la meditación después de la comunión. Terminó la misa y los despidió. Lo vio salir. La escena se repitió todo el mes. Idéntica. Salvo en su interior. Palpitaciones, sudor,  temblores, la lengua se le trababa al mirar esos labios y esa lengua apenas insinuada. La misma lengua y los mismos labios, la misma cabellera anillada que le acompañó en sus sueños. Estaba pecando de pensamiento. Lo sabía. Y estaba agravando su pecado cuando no lo confesaba al otro sacerdote de la parroquia. Y estaba agravandolo en su conciencia con su secreto. Anhelaba la misa del día  siguiente. Ansiaba dar la comunión y ver esos ojos, esos labios y esa boca que le estaban prohibidos. El secreto le hacía sentirse solo. Llegó la Semana Santa, ni los cofrades, ni la música sacra ni las procesiones le sacaban de una sensación cada vez mayor de soledad. Soledad entre gente, entre multitudes de devotos. Su secreto no compartido ni siquiera con el objeto de su deseo le hacía sentirse solo. Pasó la Semana Santa. Despertó el Domingo de Resurrección. No había dormido. Era un día alegre.Vistió la Casulla rosada. Se miró en el espejo para atusarse. Se arrepintió de la presunción. Entró en misa. Los feligreses se pusieron en pie. El agachó la cabeza. Antes miró el lugar donde solía estar el muchacho y no estaba. Cerró los ojos. Más fuerte que en otras ocasiones. Los abrió. Miró a los feligreses. Miró la iglesia. Miró las vidrieras. Los santos en sus hornacinas. Abrió y cerró los ojos. Se asustó. Todo y todos, los hombres y las cosas se mostraban a sus ojos en una escala de grises, sólo percibía el color en las ropas y en su propio cuerpo. Celebró la misa. Dio la comunión, pero le faltó el feligrés más esperado. Terminó la misa, se cambió y salió al parque. En primavera recargado de flores, que a sus ojos reducían su cromatismo a una triste escala de grises,  sus zapatos sin embargo eran marrones, sus calcetines azules, su jersey amarillo. El cielo Gris, las montañas negras, la noche y el día anécdotas. El mundo gris a la escala de sus ojos. Un castigo. Una condena y  un alivio. Prefería que el recuerdo de esos labios, de esa lengua insinuada y los ojos quedase en colores, antes que hubiese vuelto a su iglesia en un mundo gris para sus ojos.

sábado, 9 de diciembre de 2017

EL PISO

Novecientos treinta y siete. Exactos. Ni uno más ni uno menos. Y sin contar dos trasteros y cuatro bajos reacondicionados que habían hecho pasar por pisos. Varias semanas, varios meses en realidad y acercándose al año. En la mayoría no había pasado del hall. Abrir la puerta husmear y echar a correr escaleras abajo o si el ascensor estaba en el descansillo de la planta, bajar por él. sin pensar, sin despedirse del propietario o del agente inmobiliario. En la calle debía vomitar o intentarlo, dejar brotar las arcadas que le producía tal cúmulo de sensaciones. Fue tan fuerte en una ocasión, que simplemente con teclear la información le desencadenó el cuadro más intenso.

No sabía que le pasaba eso. Siempre había vivido en un mismo lugar al que había llegado directamente desde el vientre de su madre y de su propio parto nadie recuerda nada. Fue un parto normal y sencillo. Fue un niño sano y se comportó con bondad. Una crianza sencilla llena de sensatez. Pero tocaba la universidad. Fuera de su ciudad. No había otra. sí una residencia de estudiantes, pero el barullo, el trasiego de personas, los horarios impuestos le aturdían. Un piso en soledad , sin duda, la mejor opción. Pero iban novecientos treinta y siete sin trasteros y sin garajes.

Le habrían la puerta, si el producto no era muy bueno el vendedor se ocupaba en las virtudes antes de abrir, si el precio era muy alto callaba y esperaba el efecto deslumbrante del interior antes de hablar de dinero. La primera vez fue una sorpresa. No sabía en realidad que ocurría cuando el ambiente se hacía denso, se enturbiaba, a veces, si era de día la luz era de la noche. Brillos luces, sonidos, chirridos chasquidos sin orden, superpuestos como varios aparatos de voz hablando al mismo tiempo. Al principio una amalgama de sonidos y luces que le mareaba y tenía que salir. El vendedor le preguntaba y él negaba con la cabeza y salía. Poco a poco, las luces, los sonidos, las sensaciones se iban concretando, llegó a identificar formas, llegó a reconocer palabras. Después de una treintena de casas ya sabía que lo que veía eran escenas de una vida cotidiana ajena a la suya. Personas que hablaban, gatos perros que corría por el pasillo o comían en los rincones de la terraza. Personas que gritaban, discutían hablaban o hacían el amor sin sentir su presencia. Poder convivir con las imágenes pululando a su alrededor se le hacía insufrible y su cuerpo, su cabeza, su frente, sus intestinos se revelaban y corría.

Un vendedor,bien informado de su solvencia y por puro prurito profesional se atrevió a preguntarle directamente sin rodeos  por lo que le ocurría. Se sinceró. Le dijo que veía las imágenes que escuchaba los sonidos que se mantenían en las casas y que eso le hacía totalmente imposible pensar simplemente en vivir allí. El vendedor no parpadeó. Asintió y dijo entonces la solución es fácil. Tenernos vivienda nueva que también le podemos ofrecer en otras zonas. Claro como no había caído en solicitar que le mostraran viviendas que no eran usadas.

En las afueras de la gran ciudad en barrios a medio hacer. Llegaron a una torre de doce plantas. Séptima izquierda. Puerta blindada. Olor a pintura y madera en todo el edificio. Acabados impecables no como en los tiempos de la crisis. Abrió la puerta. Era medio día y la luz se puso como a media noche. La voz y la figura del vendedor se difuminaron. No sintió la necesidad de huir. A su lado una figura negra, un hombre encapuchado registrando cajones. Al fondo una puerta. Se encendió una luz detrás de la puerta. De la puerta salió él mismo. Se encontró cara a cara con el ladrón. No se sorprendió de verlo como si ya supiera lo que iba a seguir. Sin una sola palabra el ladrón disparó. Él calló al suelo sangrando. Volvió la luz de mediodía. Hacía calor. El vendedor le preguntó qué le parecía la casa. Él le respondió me la quedo.


jueves, 7 de diciembre de 2017

PUTA NAVIDAD

Una cosa en común:ninguno tenía en sus vidas un solo instante que le invitase a celebrar la Navidad. Para ellos la Navidad era la época en la que se veían. Se juntaban, pasaban un tiempo salvaje en la playa junto a un mar helado. Todo el mundo ponía árboles. Guirnaldas. Musgo. Decorados que parpadeaban por la noche. Luces que algunos rezagados dejaban hasta el verano. "Puta Navidad" " Sí . Puta Navidad" "Podríamos poner un abeto" "Un abeto. Déjalo plantado en el bosque" "O uno artificial" "Peor, plásticos que se amontonan en el mar" "Pues no he dicho nada" "Yo creo que no es tan mala idea" "Vomitiva" "Pésima" "No sé por qué sois tan negativos. Navidad o no. Nosotros nos juntamos ¿No es cierto?" "Sí" "Sí" "Somos amigos. Desde hace mucho tiempo, y eso es un buen motivo para celebrar" "Reconozco que no es tan mala idea. Pero ¿Qué podemos hacer para no traicionar nuestros principios de una época que nos ha dado tan poco?" "Aparte de la amistad" "Aparte de la amistad sí" "Eso no es poco" "No lo he expresado bien. La amistad es mucho. Puta Navidad. Celebremos la Puta Navidad" "Ja ja ja. sí" "¿Qué hacemos?" "Dilo tú que eres el ocurrente" "Un Belén prostibulario" "No. Eso no me hace gracia. Demasiado sacrílego. No me gusta que nos burlemos de eso" "Eres una blanda" "Hagamos algo con el árbol que es más pagano y así no te enfadas" "Me parece muy bien" "Un árbol con neones" ""De colores" "Sí. En casa guardo dos docenas de fluorescentes de cuando los cambiamos por luces led" "Te los traes y los pintamos con espray de colores. Los montamos y quedará muy bien"

"Ha quedado genial" "Sí. tiene más neones que el puticlub a la entrada del pueblo" "¿ABrimos una botella de champán?" "Tenéis todos copa" "Sí" "Por la Puta Navidad" "No no no" "Por nuestra amistad. Porque sigamos viéndonos muchos muchos años" "Por la amistad" Los neones fucsia, rojos, violeta, amarillos comenzaron a parpadear con una frecuencia creciente, con un ritmo alternante como si alguien estuviese tocando una melodía asincrónica en un teclado multicolor. El ritmo se hizo estroboscópico. "Me estoy mareando" "Los cebadores tienen que haberse estropeado" "Qué le has echado a las copas¿ mescal?" "No les he echado nada" "Todo se mueve a mi alrededor. No siento mi cuerpo" "¿Qué me pasa?" "¿Qué te pasa?" Uno a uno cayeron rendidos. Pasaron de ver las luces parpadeantes a reconocerlas inconexas y fusionadas como en la paleta de un pintor, después sombras y después todos los colores fusionados en una luz blanca cegadora. Después el sueño. Un sopor profundo que los depositó a uno junto a otro en el suelo del salón.

Despertaron. Hacía mucho frío. Se arrebujaron unos a otros y se cubrieron con mantas. Miraron a su alrededor buscando una explicación a lo que había ocurrido. Debajo de lo que quedaba del árbol, entre un reguero de cristales de tubos fluorescentes explosionados, había varios regalos envueltos en papel de periódico. Uno para cada uno. En cada uno un nombre. No preguntaron quien lo había traído. Lo abrieron, y uno a uno encontraron aquel juguete que esperaron en balde en la infancia en otra puta navidad. Salieron de la casa. Desde el porche vieron un cielo blanco cubierto. Un viento helado del norte. El suelo cubierto de una fina capa de nieve tan rara en esa zona de la costa. Desde el porche, en el jardín se reconocían claramente las líneas que dejaba un trineo al deslizarse. entre ellas las cagarrutas de los animales que hacían de tracción. Juntos corrieron. Las líneas llevaban al borde del acantilado. Miraron abajo y no había nada. Miraron al horizonte donde se fundía el blanco de las nubes someras de nieve y el azul profundo del mar y les pareció distinguir un punto rojo,pero después de lo de la noche anterior no se atrevieron a afirmarlo. volvieron a casa y no sintieron ningún rubor en jugar  los juegos que les faltaron de alguna puta navidad.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

EL BELEN VIVIENTE

"No me gusta la Navidad" "Cada año estás igual" "Es una época sólo de consumo y nosotros somos poca familia y algunos ya faltan" "Si es por eso lo entiendo" "Pero tú no estás mejor que yo. Tus padres murieron y vives sólo, y sin embargo seguro queya has puesto el árbol enorme de todos los años, lleno de aderezos, tendrás velas en cada rincón y el enorme Belen" "Es cierto. Elárbol ya lo tengo puesto, los aderezos me queda la mitad y el Belén viviente se pone esta noche" "¿Se pone? ¿Has contratado a alguien para que lo instale?" "No. La estructura, las casitas y los decorados los pongo yo cada año" "Pero tamibén hay figuras" "Eso es otra cosa" "Y hablas de Belén viviente y , que yo recuerde, sólo se movía la noria y el agia del río" "Así es" "Entonces no es un Belén viviente" "Es complicado" "¿TE ríes de mí?" "Nada más lejos de mi intención. Ven luego a mi casa. Sólo por favor" " ¿A qué hora?" "Al filo de la media noche. No traigas nada"

Llegó a la hora fijada. Una noche fría y seca de diciembre. Llamó a la puerta y no tardó en abrir. "¿Has cenado?" "He tomado algo en casa" "Es pronto. Te apetece cafe o te" "un té" "Te lo sirvo" "Si quieres te ayudo con los preparativos" "Está ya todo preparado no es necesario... sólo ...esperar" No llegaron a entblaar conversación. Diez minutos. No merecía  la pena el esfuerzo "Sólo faltan cinco minutos" "¿Vamos a ver el Belén?" "Lo veremos desde aquí" encendió el televisor. Seleccionó la fuente de imagen. La mitad del despacho apareceía  ocuapado por tablones. sobre ellos dibujados con regueros de tierra y musgo caminos y huertos. Casas. Pero no había figuras. sólo el movimeinto del agua de la fuente. y cajas en los ricones, en el suelo sobre los muebles. el carillón dió las doce campanadas. "Fíjate atentamente" Nada.nuevo. En una de las cajas parecía bullir las tiras de papel de periodico que acolchaban su contenido. Enseguida en el borde aparecieron unos manos minúsculas y unos brazos. El bullir se extendió a las otras cajas y decenas de manos y cabezas se asomaron. Su amigo le instó a guardar silencio. cuando regueros de figuritas móviles trepaban por las patas de la mesa, escalaban por los cables de luz o por las sábanas que delimitaban el perímetro del belén. La superficie se llenó de mercaderes, ovejas, caballos dolorosas, lavanderas, camellos, caballos, romanos y judíos. San José tirnado de la mula donde María sujetaba al niño en el vaivén del paso de la mula. Una vez las figuras se situaron en sus posiciones, desapereció el movimiento del Belén.

Había quedado con la boca abierta. "Mañana recogeré las cajas hasta pasado el día de reyes que vuelven a ellas a descansar" "Ha sido increíble" "Te dije que se ponía" "NO me esperaba esto. Lo habrás grabado" "No nunca lo grabo temo que se vuelvan inmóviles del todo y no sabes el trabajazo que llevaría" "Lo supongo. Pasamos a verlo ahora" "Vamos"

No podía evitar sentirse observado por cientos de ojos que inmóviles seguían su paso. El niño abrió los ojos justo en el momento en que se acercó para ver el nacimiento, Le hizo un gesto con la mano, pero ya no estaba seguro ni de lo que veía. Había pensado poner un belén este año. Uno pequeño , un nacimiento y poco más, pero este año no iba a ser. Le daba muy mal rollo tener decenas de espías en su casa